Es difícil presentar, y más aún apadrinar, el prólogo de una obra, por lo que, dejando tal honor al autor, no así me he podido negar a las letras de esta contraportada. Y es difícil porque el prologar una obra exige como máxima una visión imparcial y objetiva, y yo, como hijo del autor y corrector de estilo, podría incurrir por esos mismos motivos en unas visiones parciales y subjetivas, y con ello desgarrar todo el esfuerzo literario de la obra. Sin embargo, no podía eludir la solicitud de epigrafiar esta presentación porque declinar tal honor no hubiese sido digno de un hijo hacia su padre, quien con total confianza me lo requirió. Así, considerando que podría salir airoso de tan grato empeño, acepté tan solícito compromiso, primero por rendir justo tributo a todos los caídos por España en la fratricida Guerra Civil, que, abriendo las trincheras entre iguales, sumió al país en el horror de la muerte, y segundo porque el esfuerzo literario de un hombre nacido y crecido entre terrones de tierra, que aprendió a firmar y asumir las cuatro reglas matemáticas sin escuela alguna, ha llegado a construir una novela histórica con un dominio impresionante del lenguaje, con una prosa fluida y cautivadora.